Natalia Mesa tradujo este artículo.
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Los horneros (Furnarius rufus), machos y hembras, cantan a dúo, combinando sus voces en armonía. Son aves muy comunes en todo el Cono Sur y construyen nidos de barro que les dan su nombre por su parecido con un horno de leña.
Los horneros son subóscinos, un grupo emparentado de cerca con los oscinos. Pero mientras los oscinos aprenden a cantar imitando a un tutor, el canto de los subóscinos es innato, no se aprende. Comparar ambos grupos permite hacer preguntas sobre el origen neuronal del canto, explica Ana Amador, profesora de fisica en la Universidad de Buenos Aires. “Es una ventana de oportunidad única: justo donde están más cerca evolutivamente, ¿Cuál es la diferencia entre aprender a cantar y no aprender a cantar?”
Durante la pandemia de COVID-19, Amador notó algo curioso en las horneras de su jardín: cada una tenía sílabas propias, distinguibles individualmente. Eso llamó la atención porque ese tipo de firma vocal suele darse en especies que aprenden a cantar. Además, estas aves son de las pocas especies subóscinas donde el canto de la hembra es estructuralmente más complejo que el del macho, lo que abre una línea de investigación sobre diferencias sexuales en el canto de las aves, añade ella.
Grabaciones de campo más allá del jardín de Amador confirmaron que cada hornera hembra tiene un canto único. Construir un modelo biofísico de las señales motoras que llegan a las cuerdas vocales reprodujo esa misma variabilidad, Amador dice. El modelo es capaz de predecir qué instrucciones motoras son necesarias para producir el canto de cada hembra en particular. Lo que todavía no está claro es si esas instrucciones nacen en el cerebro o si la variabilidad viene de diferencias físicas en el cuerpo de cada ave. “¿Qué instrucciones recibe el cuerpo para generar el canto? ¿Y cuáles vienen del cerebro?”, se pregunta Amador.


