Natalia Mesa tradujo este artículo.
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En la costa de Argentina, en los estuarios y marismas del Atlántico sudoccidental, incontables cangrejos de barro se entierran en la arena. Daniel Tomsic, profesor asociado de neurociencia en la Universidad de Buenos Aires, creció observando a estas criaturas omnipresentes, Neohelice granulata, entrar y salir de sus cuevas cuando iba a la playa.
Hoy en día, Tomsic investiga cómo los ganglios del cangrejo controlan sus comportamientos guiados por la visión. Las gaviotas son sus depredadoras naturales y los cangrejos apenas superan el tamaño de una púa de guitarra. Cuando un cangrejo ve una gaviota volando por encima, tiene que decidir si debe escapar y hacia qué dirección. Es el mismo tipo de cálculo que hace un tenista al leer un saque de 200 kilómetros por hora y decidir cuándo golpear, dice Tomsic. “Nadie sabe cómo se hacen esos cálculos de los tiempos hasta la colisión”, dice Tomsic, y agrega que el cangrejo es un modelo animal ideal para estudiar esta pregunta.
Tomsic heredó este modelo de su mentor, Héctor Maldonado, quien introdujo a Neohelice como modelo neuroetológico en Argentina al regresar de 18 años de exilio. Tomsic llevó el trabajo un paso más allá al lograr registros intracelulares en cangrejos vivos y en movimiento, algo que antes solo se había hecho en insectos, y únicamente después de quitarles las patas. Esto fue posible gracias al caparazón rígido del cangrejo y a que su cerebro es accesible a través de un pequeño orificio perforado en la cutícula, Tomsic explica.