Claudia López Lloreda tradujo este artículo.
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Lucia Peixoto recuerda vívidamente cómo se sintió al dar su primera charla académica.
Era septiembre de 2006 y había viajado a Woods Hole, Massachusetts, como estudiante graduada para presentar su trabajo sobre la genética del parásito Toxoplasma gondii. Sus compañeros de la Universidad de Pensilvania asistían a esta conferencia para parasitólogos todos los años, y ella se sentía orgullosa de poder compartir su trabajo allí también.
Peixoto siempre había estado cómoda ante el público y entendía inglés, pero habiendo crecido en Uruguay, hablaba principalmente español. Para prepararse, organizó una serie de sesiones de práctica, recurriendo a la determinación y la concentración que había desarrollado como jugadora de voleibol de competición durante la escuela superior. Practicó su presentación con su mentor, el biólogo David Roos, enfocándose en los detalles y discutiendo exactamente qué comunicar.
Cuando Peixoto subió al escenario durante la conferencia, sintió una emoción familiar —entusiasmo, adrenalina— la misma sensación que experimentaba al principio de un partido de voleibol importante. “Tú entrenas, entrenas, entrenas y luego vas y juegas ese juego decisivo de la final”, dice.
Fue un saque directo: ganó el premio de “Mejor charla estudiantil” y, con eso, la oportunidad de presentar su trabajo en una conferencia más grande más tarde ese año.
El instinto de Peixoto para desglosar un desafío y practicar las habilidades que lo componen le ha resultado muy útil en su labor como investigadora del autismo. Ahora, con 43 años y como profesora adjunta de medicina translacional y fisiología en Washington State University en Spokane, se ocupa de sentar los fundamentos para tener un mejor entendimiento entre el sueño y el desarrollo del cerebro. Su investigación en un modelo de ratón de autismo, por ejemplo, ha aportado algunas de las primeras pruebas de que las alteraciones en el sueño en la condición tienen una base genética.
“Ella piensa tan profundamente sobre lo que uno realmente puede aprender de modelos animales cuando se trata de estudiar el autismo”, dice Matthew Kayser, otro investigador del sueño y profesor asociado de psiquiatría y neurociencia en la University of Pennsylvania, en Filadelfia.
Además de su gran dedicación, Peixito también es una verdadera compañera de equipo, una mentora que brinda apoyo y una defensora de la diversidad y la inclusión en la ciencia, dicen sus compañeros. Ella no se aleja de discutir las dificultades que ha enfrentado como una mujer en la ciencia “y de por qué quiere apoyar la próxima generación”, dice Elizabeth Medina, una estudiante doctoral de tercer año en el laboratorio de Peixoto.
Impulsando a Peixoto hacia adelante es la convicción de que, ya sea en la cancha o en el laboratorio, el éxito rara vez llega solo por suerte, ella dice. “Siempre hay trabajo envuelto”.



