
El talento científico es global. El acceso al escenario científico mundial, no.
La neurociencia en Chile y a través de Latinoamérica no carece de talento ni ideas, pero los sistemas que hacen la ciencia visible—revistas, conferencias y redes prestigiosas—dejan cada vez más a sus investigadores fuera debido a los costos.
Claudia López Lloreda tradujo este artículo.
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Ver la Copa Mundial desde Chile fue una experiencia extraña. Estábamos fuera del torneo, pero conocemos el juego, lo seguimos de cerca y entendemos algo que cada Mundial demuestra claramente: el talento no es lo mismo que acceso.
Esto también es cierto en la ciencia. El talento y las ideas están en todas partes, pero las revistas, las conferencias y las redes que los hacen visibles todavía están concentradas en un número pequeño de países ricos. La visibilidad de la investigación tiene su propia infraestructura. Depende de los costos de publicación, el presupuesto para viajar y el acceso a redes profesionales que no están distribuidas equitativamente.
La pregunta en Latinoamérica no es si podemos tener buenos laboratorios o ideas de relevancia internacional. Los tenemos. La pregunta es porque hacerlos visibles es tan caro.
Chile ofrece un buen caso de estudio para observar este problema claramente. A menudo se describe como uno de los puntos positivos de la ciencia en Latinoamérica. No está dentro de los países más pobres de la región y tiene universidades fuertes y una comunidad neurocientífica dinámica.
A principios de este año, mis colaboradores y yo hicimos una encuesta a investigadores y aprendices en la comunidad para entender cómo el campo se ha desarrollado. Encontramos científicos trabajando en neurofisiología, neurobiología celular y molecular, neurociencia cognitiva y de sistemas, abarcando tanto enfoques básicos como otros más integrativos. Aproximadamente dos tercios de los que respondieron completaron su doctorado en Chile, lo que sugiere que la expansión del campo no es simplemente el resultado de haberse formado en el extranjero.

Nuestra investigación también mostró que este trabajo ha producido un corpus amplio y visible, presente en la literatura internacional. Según OpenAlex, una base de datos de acceso abierto que monitorea publicaciones científicas, 14,870 publicaciones relacionadas a la neurociencia con afiliaciones chilenas se publicaron entre 1941 y el 2026. Alrededor de 11,000 de esas publicaciones se publicaron después del 2000.
Este logro merece reconocimiento, pero no debería utilizarse como prueba de que el sistema actual para identificar talento global está funcionando. Según medidas bibliométricas, la neurociencia chilena parece una historia de éxito: la producción de publicaciones, las colaboraciones internacionales, la publicación en acceso abierto y la visibilidad han aumentado. Sin embargo, el presupuesto dedicado a la investigación en Chile cuenta una historia diferente. Estos logros han sido alcanzados por una comunidad que trabaja bajo condiciones de financiación muy distintas de las de la comunidad científica internacional en la que se espera que participen investigadores chilenos.
Por lo tanto, el éxito en las publicaciones puede ocultar tanto la precariedad detrás de los logros como el talento que nunca recibe el apoyo suficiente para participar. Los llamados a favor de la diversidad y la ciencia abierta no bastan para fomentar una mayor participación latinoamericana si las condiciones para la participación siguen siendo tan desiguales.

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Para un neurocientífico de carrera temprano, un presupuesto anual de investigación es aproximadamente de 30,000 dólares. Muchas revistas de acceso abierto de alto impacto cobran cargos por procesamiento de artículos (APC, por sus siglas en inglés) de más de 5,000 dólares y algunas cobran mucho más de 7,000 dólares. Un solo artículo aceptado puede consumir meses de un presupuesto, sin contar los gastos de reactivos, pagos a participantes, estudiantes, reparaciones de equipo o gastos inesperados. Para un laboratorio bien financiado en un país de alto ingreso, un APC puede ser un gasto administrativo. Para un laboratorio chileno, puede ser una decisión existencial: publicar donde el trabajo pueda recibir atención o preservar el presupuesto que se necesita para continuar el trabajo.
La crisis de revisión de pares añade otra capa de dificultad. Muchos investigadores ocupados están menos dispuestos a revisar para revistas de menor impacto, prefiriendo guardar su tiempo para revisar para revistas de alto impacto, lo cual crea una silenciosa trampa de prestigio. A menudo, las revistas más económicas luchan para asegurar revisiones rigurosas y completadas a tiempo. Para los investigadores con presupuestos limitados, escoger una alternativa más económica conlleva menos prestigio, revisión más lenta y menos visibilidad.

Las conferencias crean el mismo problema. La inscripción es solo una parte del costo. Para alguien viajando de Santiago, el viaje completo puede incluir un viaje de larga distancia, varias noches de estadía en un hotel, comidas y transportación local en adición al costo de la inscripción—que en conjunto representa una parte importante del presupuesto anual para la investigación. Asistir a conferencias en los Estados Unidos, Europa, Asia o Australia puede llegar fácilmente a varios miles de dólares. Conferencias regionales en Sudamérica, como el Congreso de la Federación de Asociaciones Latinoamericanas y del Caribe de Neurociencias (FALAN), suelen ser más económicas porque los costos suelen ser más bajos y los viajes más cortos. La participación en una conferencia no debería ser un lujo adicional a la ciencia. Es allí donde los aprendices conocen a futuros mentores, donde comienzan colaboraciones y donde el trabajo se hace visible.

Por estas razones, el lenguaje alrededor del aumento de la diversidad me parece incompleto. Muchas revistas, sociedades e instituciones en el Norte Global dicen que quieren más autores internacionales, más colaboradores latinoamericanos y más voces fuera de sus círculos usuales. Creo que muchos de ellos lo dicen sinceramente. Pero la participación no es solo ser invitado a un programa. También depende de si los investigadores pueden pagar el costo de estar presente. Las invitaciones, los paneles y los números especiales no cambian esa aritmética y el sistema de exenciones solo ayuda parcialmente. Chile, por ejemplo, casi nunca cumple con los requisitos para exenciones automáticas, aunque su presupuesto científico no se parece a ese de sistemas de investigación de países ricos. Muchas políticas de exención están basadas en categorías de ingreso nacional, no en el tamaño de subvenciones, las condiciones de financiamiento locales o en el poder adquisitivo.
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Puedo diagnosticar el problema con más confianza de lo que puedo prescribir su solución. Pero una cosa es clara: la buena voluntad no marcará una diferencia significativa sin cambiar también quién paga para ser visto. Una respuesta seria trataría la visibilidad científica como un objetivo compartido, no un producto. Las editoriales que obtienen ganancias de investigaciones financiadas con fondos públicos deberían subsidiar la publicación para sistemas con escasos recursos y para países de ingresos bajos y medios, así como para aquellos con altos niveles de desigualdad de ingresos. Las sociedades científicas deberían usar los ingresos de sus congresos para financiar la participación de personas procedentes de regiones donde asistir resulta estructuralmente costoso. Las agencias de financiamiento deberían dejar de recompensar aquellos canales de publicación cuyos costos no pueden cubrirse con sus propias subvenciones. Los colaboradores con mayores recursos económicos deberían presupuestar fondos para garantizar la visibilidad de sus socios, no solo para los datos que ayudan a generar.
Ahora mismo, demasiada ciencia global funciona como un estadio con puertas abiertas pero con entradas caras. En principio, todos están invitados, pero solo algunos tienen los recursos para entrar habitualmente. La neurociencia chilena demuestra esta tensión claramente. Sus investigadores están publicando trabajos que pertenecen a la conversación internacional, demostrando que la ciencia importante se puede llevar a cabo fuera de los centros tradicionales de poder. Sin embargo, hacer visible esas contribuciones requiere que ellos y sus instituciones compensen por su financiamiento limitado, altos costos de publicación y acceso reducido a recursos que los sistemas adinerados toman por sentado. Su visibilidad no se debe confundir con evidencia de que las condiciones necesarias para la participación son iguales.
La neurociencia chilena y latinoamericana no necesita aplausos desde las gradas. Necesita un campo de juego en el cual uno pueda entrar a la cancha sin tener que probar primero que puede comprar la entrada. Si la ciencia global se toma en serio calidad, también debe tomarse en serio el precio de prestigio.
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