Claudia López Lloreda tradujo este artículo.
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Las definiciones de subrepresentación en neurociencia suelen centrarse en un conjunto de categorías demográficas: género, raza y etnicidad, discapacidad y nivel socioeconómico. La mayoría de las iniciativas de equidad se sustentan en estas categorías, que han contribuido a ampliar la participación. Estas categorías, por más estandarizadas que estén, se enfocan en lo que las personas son, pero no en las situaciones que dificultan su progreso. Esta distinción, entre identidad e infraestructura, tiene consecuencias significativas para determinar quiénes son incluidos, quiénes reciben apoyo y quiénes no logran superar las barreras.
Por ejemplo, pensemos en una investigadora presentando su trabajo en un segundo idioma, o en un estudiante de primera generación sin conocimiento previo de cómo las carreras académicas funcionan y sin una red familiar para absorber los desafíos económicos a lo largo del camino. O imaginemos una científica que pasa meses navegando solicitudes de visas solo para poder asistir una conferencia a la cual ha sido invitada. Estas situaciones no son casos atípicos, sin embargo, no son tan fáciles de monitorear con las categorías de subrepresentación que recaen exclusivamente en parámetros demográficos.
Históricamente, nuestro campo ha utilizado definiciones de subrepresentación basadas en categorías demográficas derivadas de legislación nacional sobre igualdad y datos censales. Algunas formas de subrepresentación son genuinamente específicas de una región, como, por ejemplo, lo es identidad de casta en India o la condición de indígena en Nueva Zelanda. Sin embargo, muchas iniciativas de diversidad, equidad e inclusión (DEI) diseñadas para abordar estos desafíos pasan por alto barreras que enfrentan las personas con identidades marginalizadas que se interfieren.
Como miembros de la red de ALBA, una comunidad mundial comprometida a impulsar DEI en la neurociencia, hemos examinado estas brechas y argumentamos que el campo necesita un acercamiento más holístico al definir la subrepresentación en la neurociencia a nivel mundial.
Proponemos una definición más amplia que incluye barreras a la participación científica bien documentadas incluyendo las desventajas acumuladas que enfrentan las personas LGBTQIA+; las restricciones de movilidad y visa que limitan la colaboración internacional; el impuesto invisible de las tareas de cuidado que recaen desproporcionadamente sobre las mujeres; el desplazamiento forzado; el pertenecer a la primera generación universitaria en la familia; el manejo del inglés como segunda lengua; y el trabajar en países con baja inversión en ciencia, tecnología e innovación.
¿Q
ué ocurre cuando aplicamos esta definición? Desde el 2024, la hemos utilizado para la selección de los programas de subsidios de ALBA, pidiéndole a los solicitantes que identifiquen qué barreras aplican a su situación para poder contextualizar sus logros en acuerdo con ellas.Este cambio ha evidenciado aspectos de nuestra población de candidatos que las definiciones estándar podrían haber pasado totalmente por alto. Las barreras señaladas con mayor constancia fueron: ser mujer, ser estudiante universitario de primera generación, no tener el inglés como lengua materna o ser de un entorno socioeconómico desfavorecido. Personas con pasaportes con restricciones de viaje fueron el 24% de las solicitudes del programa de apoyo a viajes en los tres años analizados y claramente superior a las nominaciones para el programa de apoyo a conferencias. La representación de investigadores que trabajan en países con una inversión crónicamente baja en investigación y desarrollo aumentó del 35% en 2024 al 47% en los años siguientes, lo que cuestiona la suposición de que la excelencia sólo se puede encontrar en entornos con abundantes recursos. En cambio, los investigadores desplazados, quienes atraviesan situaciones de migración forzosa debido a conflictos o inestabilidad política, aparecieron en porcentajes menores pero notorios en las solicitudes.
Tal vez el cambio más instructivo metodológicamente vino de mejoras introducidas entre 2024 y 2025. En 2024, agrupamos mujeres y postulantes LGBTQIA+ en una sola categoría, que resultó una de las escogidas más frecuentemente. Cuando estas dos entidades se desagregaron del 2025 en adelante, la identificación LGBTQIA+ cayó bruscamente en todos los programas de apoyo de ALBA, sugiriendo que la categoría combinada previa ocultaba dos patrones muy disímiles.

